Mi YO y mi HIJO

   Tengo 36 años y desde niña he soñado con ser madre. Estudié a tope una licenciatura, máster, y renuncié a hacer el doctorado, pese a tener magníficos mentores, porque necesitaba empezar a trabajar. Me gusta mi trabajo, y gracias a él puedo viajar muchísimo, ir al teatro casi todas las semanas, acudir a Festivales – todo ello en familia – , acostarme tarde, levantarme temprano … Me gusta escribir, y hace unos años me embarqué en esta aventura de tener un blog en el que compartir mis inquietudes y sentimientos públicamente. También me apasiona leer, y saco tiempo para leer incluso artículos como el que escribiste hace unos días – permíteme que te tutee – llamado “Hijos”.

Me las apaño cada día para preparar comida elaborada y sana, y llevar adelante las tareas del hogar, aparte de cuidar a mi hijo de 4 años y jugar con él. Tengo un piso muy pequeño pero con el espacio muy bien aprovechado, bonito y bien decorado, nuestro dulce hogar

   Para mí mi prioridad es mi familia, y si no tuviese la suerte de tener el trabajo que tengo, que me ha permitido compaginar la crianza de mi hijo con la vida laboral, no hubiese dudado en “buscarme la vida” de otra manera, como tantas mamis a las que conozco y admiro, que se han convertido en empresarias, o han pedido excedencias para no renunciar a uno, si no el mayor de los placeres para una mujer: ver crecer cada día a sus hijos. Somos muchísimas, más de las que una chica como tú, tan alejada de esta realidad, pudiera imaginar. Son inteligentes, profesionales, felices y plenas.

   El ser madre, aparte de darme un tesoro inmenso, que es mi hijo, me ha hecho descubrir muchos rincones de mi naturaleza de mujer que desconocía; el cóctel hormonal inmenso del embarazo, el parto y el puerperio me hizo conectar con mi INSTINTO, y es una de las mejores experiencias que he podido vivir y sigo viviendo.

Además, la maternidad me ha regalado amigas y comadres, en mi día a día y por la red, con las que comparto vivencias y aventuras. Madres y no madres.

Y te equivocas si piensas que sólo hablamos de pañales y horas de no sueño. Hablamos de eso y de mucho más, y además por etapas: hay etapas de descubrimientos, en las que recuerdo hablar de la teta y del placer inmenso que para mí supuso -y sigue suponiendo – esta experiencia única e indescriptible, y luego, reconectamos con nuestra mujer escondida, que renace quizás con más fuerza y abarcamos temas tan dispares como moda, maquillaje, sexo, cine, música, inquietudes….Vamos, lo mismo que cualquier mujer.

 Porque el hecho de ser mamá no me hace dejar de ser mujer o sólo hablar con mamás. Algunas de mis íntimas amigas no son madres ni piensan serlo, aunque nos respetamos y queremos, y compartimos muchas experiencias. Y nos reímos mucho.

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   La verdad es que, aún queriendo ser madre (desde los diez años sin exagerar, lo creas o no), nunca he pensado un momento “perfecto” para ello. Mis dos embarazos, uno a término y otro aborto, fueron deseados, mas no planificados. Porque sí es cierto que, cuando estas en tu mundo, cómodamente, cualquier cambio que pueda perturbar la calma se ve como una amenaza. Yo, simplemente, me he dejado llevar; he dejado que la naturaleza decidiera, y no me ha defraudado.

   Me preocupa mucho la crianza de mi hijo: que crezca rodeado de cariño, comprensión; que ame la lectura y los libros. Le cuento historias, trato de que sea empático y respetuoso. Ama el arte, le gusta el teatro, la pintura, ama la naturaleza y a los animales.

Con todo esto quiero decir que puede que cuando ves a tus amigas no te enteres de nada, y que ellas, en el breve periodo de tiempo que compartís, enseñen ecografías o hablen de lactancia, jamón serrano o guarderías, pero a mí me pasa lo mismo con algunas madres, que fueron compañeras de colegio o instituto, o amigas de la infancia, que tratan la maternidad de una forma muy diferente a la que yo la vivo.

Muchas veces, como tú, asiento y sonrío. Y sobre todo respeto.

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Siempre digo que ser padres es duro. Hablo en primera persona: ser madre es muy duro. Nueve meses de transformación de tu cuerpo, parto, opiniones de todos los colores y consejos gratuitos, hormonas inestables, despertares nocturnos, teta, pañales, enfermedades, caídas…Eso es por un tiempo. Luego dejan los pañales, empiezan a dormir del tirón, pero empiezan otras cosas, otras preocupaciones…Eso sí, compensa. Todo compensa.

Seguro que tú has pasado noches sin dormir preparando tu tesis doctoral, has perdido peso, has estado estresada, pero al final, compensa, ¿no?

   Que una doctora en filología, consciente del significado de cada palabra, afirme que la gente que tiene hijos se atonta y amuerma y se vuelve prosaica y gris, envilece su mente y estanca su intelecto, sólo puede ser fruto del desconocimiento absoluto del hecho en sí. Puede que estés tan centrada en ti, en tu carrera y en tu egocentrismo exacerbado, que la opinión que has creado de la paternidad se parezca más a un esperpento que a la propia realidad.

   No sólo no me siento para nada identificada con tu irrespetuosa aseveración, sino que mi experiencia es justo la contraria: estoy más despierta, ojo avizor diría yo, ya que un niño te hace descubrir de cualquier pequeñez algo maravilloso; veo la vida con muchos más colores, me vienen a la cabeza poesías con cada momento vivido; tengo más paciencia, empatía, y el corazón se me ha hecho mucho más grande, para albergar tanto amor que doy y que recibo a diario. Con respecto al intelecto, sí es verdad que se ve mermado durante un tiempo, justo para centrarnos en la crianza, como buenas mamíferas que somos, pero al igual que la mujer escondida, vuelve con más fuerza y creatividad; nuestro intelecto se vuelve poderoso, al igual que nosotras. 

Un intelecto estancado es el de alguien, por mucho título universitario que tenga, que no ve más allá de sus narices y su realidad, y que no se plantea que quien tiene hijos los disfrute y llene su vida de muchas otras cosas, verdaderas y duraderas.

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   Los padres que conozco no cambiarían a sus hijos por tomarse una cerveza en el bar, pero te diré que cervezas y gimnasio, mas otras frivolidades, nos están permitidas, a padres y a madres. Todo es posible. Pero mejor. Porque cuando llegas a casa, duermes con la sonrisa de tu hijo clavada en la mente, con su aprendizaje de ese día, y el duro trabajo tiene la mejor de las recompensas. 

   Vuelves a equivocarte si piensas que por tener hijos no nos vemos “camino de la muerte”. Lo vemos mucho más. Porque ver que alguien que cabía en tus entrañas mide un metro ya, camina, habla, va al colegio…te recuerda cada día que envejeces. 

   Si te aficionases a leer a tantas madres que escribimos, conocerías los pensamientos más profundos después de una siesta; lo que sentimos, pensamos, sufrimos y les decimos, queda reflejado en una blogosfera maternal repleta de poesía, comparable a la de Bécquer o tantos maestros de la literatura. 

El corazón de una madre destila AMOR, y muchas de ellas somos capaces de compartirlo con el mundo.

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